La historia de cómo superé mis miedos y encontré mi propósito

Por Carmen Sánchez Molina

Durante años me escondí detrás del miedo. De su voz, de sus gestos, de su manera sigilosa de paralizar el alma. Hoy quiero contarte cómo, en medio de esa niebla, descubrí la brújula que me llevó a mi propósito. Y cómo, al hacerlo, volví a nacer.

Me costó mucho tiempo entender que el miedo no era mi enemigo, sino mi maestro. Durante demasiado tiempo creí que superar el miedo significaba huir de él, evitarlo, ponerle un disfraz. Pero cuanto más lo ignoraba, más fuerte me hablaba. Más se instalaba en mi pecho, en mis noches, en mis sueños.

Mis miedos tenían muchos nombres: miedo a fallar, a decepcionar, a no ser suficiente, a perder lo que amaba. Miedo a no encontrar mi lugar. A no ser amada. A no ser vista. A vivir una vida que no fuera realmente mía. Y, al mismo tiempo, miedo a brillar… a reconocer que había una voz dentro de mí que quería salir al mundo.

Todo cambió el día que dejé de correr.

Fue un día cualquiera, de esos que parecen insignificantes. Pero en el silencio de mi casa, al mirar por la ventana y ver cómo el cielo se cubría de gris, algo dentro de mí se quebró. Sentí que no podía seguir viviendo anestesiada. Que la tristeza no era mi hogar. Que el miedo no podía seguir marcando mis pasos.

Me hablé en voz alta. Me pedí perdón. Y me prometí buscar mi verdad.

Y entonces, poco a poco, sin que lo entendiera del todo, comenzó un proceso tan delicado como poderoso. Empecé a mirar hacia dentro. A escuchar esa voz interna —mi “Yo”— que tantas veces había callado. A escribir, a recordar, a llorar. A sostenerme en el dolor y también en la ternura. A hacer preguntas sin esperar respuestas inmediatas. Y a confiar.

Descubrí que mi propósito no estaba escondido en un gran logro, ni en una meta perfecta. Estaba en lo cotidiano. En el acto valiente de levantarme cada mañana y elegirme. En la palabra que nace del alma. En la mano que tiendo. En compartir lo vivido para que alguien, en su noche más oscura, sepa que no está solo.

Hoy puedo decir que mi propósito es contar esta historia. No porque sea única, sino porque está hecha de las mismas emociones que tú también has sentido. Porque quizá, al leerla, algo se encienda dentro de ti.

Porque si yo pude cruzar el puente del miedo, tú también puedes hacerlo.

Y créeme: al otro lado, no hay perfección. Hay verdad. Hay paz. Y una conexión tan real con tu ser que todo lo vivido empieza a tener sentido.

Gracias por leerme, por abrir tu corazón. Si quieres seguir acompañándome en este viaje, donde compartiré reflexiones, aprendizajes y experiencias que nacen desde lo más profundo, te invito a formar parte de esta comunidad.

¡Suscríbete a mi blog!